El respetado Discovery Channel está en su Semana Especial de Tiburones, con los programas Mordidas de tiburones, Rebelión de tiburones y El devorador de hombres —un escualo, sobra precisar—, que robaron reflector a Mujeres asesinas famosas (“pon a prueba tus conocimientos sobre las mujeres asesinas más famosas”, invita una bella joven, pelo corto negro, puñal en mano, bañado su pecho en sangre).
En el aplaudido Animal Planet usted puede sintonizar Atracción fatal. Mascotas exóticas que atacan a sus dueños. El prestigiado History Channel presume Monsterquest. Conoce las criaturas que nos han generado terror durante generaciones y Archivos extraterrestres. Algo te vislumbra desde arriba.
Sin contar al refinado Biography Channel con Famosos y fantasmas. Los famosos dan testimonio de sus experiencias de ultratumba o Escuadrón paranormal. Un grupo muy especial de policías que investigan cosas paranormales.
Y hace unos días, la multilaureada BBC nos regaló una muestra de racismo en Top Gear, donde se estereotipó al mexicano como flojo, obeso y flatulento. Más allá de sentirse agraviado por el comentario y la reticencia a ofrecer una disculpa al aire de una de las cadenas televisivas de mayor prestigio mundial, este reportero —más vale tarde que nunca— se anima a una reflexión sobre otros estereotipos: los de quienes admiran a las televisoras extranjeras al grado que se les llena la boca al pronunciar sus nombres y las ponen de ejemplo a la menor provocación.
La televisión en todo el planeta, incluso la pública, ha caminado hacia formatos más atractivos para la audiencia, bajo la premisa de que el contenido de calidad no está peleado con el entretenimiento. En ese recorrido, cadenas de renombre siguen produciendo sus programas emblemáticos, han manufacturado nuevas emisiones excepcionales en donde se combina el fondo de antes con las formas de ahora y también generan telebasura que simplemente explota el morbo del espectador. Pasa, pues, diríamos los mexicanos, hasta en las mejores familias.
Sin ir más lejos, la televisión pública mexicana, marcadamente el Canal 11, tiene como dos facetas: en los horarios en donde se ve menos la televisión siguen los programas de toda la vida en el tono de siempre y en las franjas de mayor audiencia (triple A) se exhibe entretenimiento, incluso con un lenguaje visual y hablado inusual en la televisión abierta que, si la Secretaría de Gobernación está cumpliendo con la tediosa labor a la que le obliga la ley, le tendría que estar valiendo un tomo de multas cada semana.
Este reportero favorece la autorregulación por encima de la censura, la crítica del público más que el manotazo del poder, la dignidad propia que sabe mejor que la pena ajena. Quienes trabajamos en la televisión mexicana, por mínima que sea nuestra contribución, tenemos mucho que mejorar. Quizá uno de los puntos de partida sea darles las gracias a los fantasmas creados por las “buenas conciencias” y despedir a los estereotipos.
SACIAMORBOS
Tocando el escritorio de ambos, los dos presidenciables de Los Pinos se “colgaron la medalla” de la deducibilidad de colegiaturas.
Fuente: El Universal
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martes, 12 de abril de 2011
MANIFIESTO CONTRA LA TELEBASURA

1. El termino "telebasura" viene dando nombre, desde la pasada década, a una forma de hacer televisión caracterizada por explotar el morbo, el sensacionalismo y el escandalo como palancas de atracción de la audiencia.
La telebasura se define por los asuntos que aborda, por los personajes que exhibe y coloca en primer plano, y, sobre todo, por el enfoque distorsionado al que recurre para tratar dichos asuntos y personajes.
2. Los promotores de la telebasura, en su búsqueda de un "mínimo común denominador" capaz de concitar grandes masas de espectadores ante la pantalla, utilizan cualquier tema de interés humano, cualquier acontecimiento político o social como mera excusa para desplegar lo que consideran elementos básicos de atracción de la audiencia: sexo, violencia, sensiblería, humor grueso, superstición, en muchos casos de forma sucesiva y recurrente dentro del mismo programa.
Bajo una apariencia hipócrita de preocupación y denuncia, los programas de telebasura se regodean con el sufrimiento; con la muestra mas sórdida de la condición humana; con la exhibición gratuita de sentimientos y comportamientos íntimos. Desencadenan una dinámica en la que el circense "mas difícil todavía" anuncia una espiral sin fin para sorprender al espectador.
3. La telebasura, cuenta, también, con una serie de ingredientes básicos que la convierten en un factor de aculturización y desinformación, así como en un obstáculo para el desarrollo de una opinión publica libre y fundamentada:
- El reduccionismo, con explicaciones simplistas de los asuntos mas complejos, fácilmente comprensibles, pero parciales o interesadas. Una variante de este reduccionismo es el gusto por las teorías conspiratorias de no se sabe qué poderes ocultos, que en muchos casos sirven de coartada a determinados personajes y grupos de presión en su labor de intoxicación.
- La demagogia, que suele presentar todas las opiniones como equivalentes por si mismas, independientemente de los conocimientos sobre los que se sustentan o de sus fundamentos éticos. A ello contribuye la realización de supuestos debates y encuestas, que no son sino simulacros de los verdaderos debates y encuestas, y que lejos de arrojar luz sobre los problemas contribuyen a consolidar la idea del "todo vale".
También la demagogia cuenta con una variante: el despliegue de mensajes esotéricos, milagreros y paranormales, presentados de forma acrítica y en el mismo plano de realidad que los argumentos cientificos.
- El desprecio por derechos fundamentales como el honor, la intimidad, el respeto, la veracidad o la presunción de inocencia, cuya conculcación no puede defenderse en ningún caso apelando a la libertad de expresión.
Este desprecio desemboca en la realización de "juicios paralelos"; en el abuso del amarillismo y el escándalo: en la presentación de testimonios supuestamente verdaderos pero que en realidad provienen de "invitados profesionales". Y, por supuesto, en el apoteosis de una televisión de la trivialidad, basada en el protagonismo de los personajes del mundo rosa y gualda, cuyas nimiedades y conflictos sentimentales, tratados desde el mas descarado amarillismo, son otro de los ingredientes de esta infecta salsa. El problema es todavía mas sangrante cuando este tipo de contenidos se difunden a través de las televisiones publicas, cuya obligación moral y legal es suministrar productos, ética y culturalmente, solventes.
4. La telebasura no ha inventado nada: el halago fácil al espectador, el gusto por el sensacionalismo, vienen de muy antiguo. Pero en la actualidad, la enorme influencia social de los medios de comunicación de masas agranda de forma exponencial los efectos negativos de este tipo de mensajes.
-La telebasura se encuentra hoy en un momento ascendente de su ciclo vital. Es como un cáncer, cuya metástasis tiende a invadirlo todo, o quizás como un virus informático que, contamina lo que toca y acaba por impedir el mantenimiento o la aparición en las parrillas de otros modelos de información mas respetuosos con la verdad y con el interés social.
5. Ha llegado el momento de que todos los agentes implicados en la actividad televisiva tomen conciencia de su responsabilidad ante la telebasura, que por supuesto varia en importancia según la capacidad de cada uno de condicionar las reglas del mercado.
Responsabilidad, por tanto de los Poderes Públicos, de las cadenas, de los anunciantes. Responsabilidad de los programadores y de los profesionales. Y responsabilidad, también, del ciudadano, que aun sin dejarse engañar por la falacia del "espectador soberano" que por su mero dominio del mando tiene la capacidad de modelar la oferta, debe saber que su decisión de ver un programa no esta exenta de consecuencias, ni para su propia dignidad ni para el propio mercado televisivo.
En la televisión nos enfrentamos con un fenómeno social complejo articulado en grandes compañías de cuya objetividad es licito discrepar. Detrás de los medios de comunicación existen intereses, poderes y modelos sociales e ideológicos. por tanto, cuestionar su objetividad y preguntarse el porque de determinadas insistencias en un tema mientras se ignoran otros, es una forma de empezar a comprender críticamente los mensajes televisivos.
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